Todo está en las estrellas, pero no de la forma en que lo entiende un farsante oportunista, sino de la manera más hermosa que se puede imaginar: las estrellas nos crían, nos dan el calor y la vida, y nos enseñan y muestran lo que podemos llegar a ser y hasta dónde podemos viajar, porque el único límite lo marca la primera luz que surcó los confines de la realidad, la misma que regresa para que podamos ver las maravillas que ella ya ha contemplado y que se esconden en lo más profundo de nuestro mundo, por lejos que estén.
Y sentirían rabia si supieran que de los sentimientos que tanto ansían, nosotros sólo usamos los que nos mueven a intereses vanos y banales; que de todos los que somos, muy pocos somos como ellas querrían ser; pocos los que valoran lo que ven. Y llorarían si pudieran, pero no lo hacen. Porque no pueden. Porque las estrellas no sienten. Porque las estrellas no lloran.
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